Publicidad:
Terra
La Coctelera

Categoría: medios

Por qué detesto a la Madre Teresa de Calcuta


Si alguien creía que todo en la madre Teresa es digno de una santa, el escritor Martín Caparrós, después de visitar su tierra natal, se explaya en el lado malo de la mujer buena que el mundo creyó conocer.

Coloco al juicio de mis lectores, este artículo sobre la Madre Teresa de Calcuta, que encontré en la revista Soho (Edición colombiana), por ser un escrito polémico, sobre uno de los personajes más queridos del siglo XX.

Por qué detesto a la Madre Teresa de Calcuta

Por: MARTÍN CAPARRÓS

Algo me molestó desde el principio. Llegué al moritorio de la madre Teresa de Calcuta, en Calcuta, sin mayores prejuicios, dispuesto a ver cómo era eso, pero algo me molestó. Primero fue, supongo, un cartel que decía "Hoy me voy al cielo" y, al lado, en un pizarrón, las cifras del día: "Pacientes: hombres: 49, mujeres: 41. Ingresados: 4. Muertos: 2". En el pizarrón no existía el rubro "Egresos". En el moritorio de la madre Teresa, su primer emprendimiento, la base de todo su desarrollo posterior, no hay espacio para curaciones.

La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, consiguió en sus últimos veinticinco años una fama y un apoyo internacional extraordinarios. Le llovieron medallas, donaciones, premios, subvenciones, todo tipo de dinero para que ayudara a los pobres del mundo. La señorita Bojaxhiu nunca hizo públicas las cuentas de su orden pero se sabe, porque ella se jactó de eso muchas veces, que fundó, con ese dinero, alrededor de quinientos conventos en cien países. Pero no fundó una clínica en Calcuta.

Hay un par de ideas fuertes detrás de todo eso. Sobre todo, la idea de que la vida —ellos dirían "esta vida", como si hubiera muchas— es un camino hacia otra, mejor, más cerca del Señor: si no fuera así, a nadie se le ocurriría dedicarse a que esa gente muriera mejor y, quizás, en cambio, pensarían en mejorar sus vidas. Y la idea de que el sufrimiento de los pobres es un don de Dios: "Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo —dijo la madre Teresa—. El mundo gana con su sufrimiento".

Por eso, quizás, la religiosa les pedía a los afectados por el famoso desastre ecológico de la fábrica Union Carbide, en el Bhopal indio, que "olvidaran y perdonaran" en vez de reclamar indemnizaciones. Por eso, quizás, la religiosa fue a Haití en 1981 para recibir la Legión de Honor de manos de Baby Doc Duvalier —que le donó bastante plata— y explicar que el tirano "amaba a los pobres y era adorado por ellos". Por eso, quizás, la religiosa fue a Tirana a poner una corona de flores en el monumento de Enver Hoxha, el líder estalinista del país más represivo y pobre de Europa.

Pero quizá no fue por eso que salió a defender a Charles Keating. Keating era un buen amigo de los Reagan —que recibió a la religiosa más de una vez— y uno de los mayores estafadores de la historia financiera norteamericana: el fulano que se robó, por medio de una serie de maniobras bancarias, 252 millones de dólares de pequeños ahorristas. Keating le había donado a la religiosa 1.250.000 dólares y le solía prestar su avión privado. Cuando lo juzgaron, la religiosa mandó una carta pidiendo la clemencia del tribunal para "un hombre que ha hecho mucho por los pobres". Fue enternecedor. Pero cuando el fiscal le pidió que devolviera la plata que Keating le había dado —robada a los pequeños ahorristas—, la religiosa no se dignó contestar nada.

En el moritorio de Calcuta, la sala de los hombres tiene quince metros de largo por diez de ancho. Las paredes están pintadas de blanco y hay carteles con rezos, vírgenes en estantes, crucifijos y una foto de la señorita también llamada madre con el papa Wojtyla. "Hagamos que la iglesia esté presente en el mundo de hoy", dice la leyenda.

En la sala hay dos tarimas de material con mosaicos baratos, que ocupan los dos lados largos: sobre cada tarima, quince catres; en el suelo, entre ambas, otros veinte. Los catres tienen colchonetas celestes, de plástico celeste, y una almohada de tela azul oscuro; no tienen sábanas. Sobre cada catre, un cuerpo flaco espera que le llegue la muerte.

El moritorio de la madre Teresa está al lado del templo de Khali y sirve para morirse más tranquilo, dentro de lo que cabe. La madre Teresa lo fundó en 1951, cuando un comerciante musulmán le vendió el caserón por muy poco dinero porque la admiraba y dijo que tenía que devolverle a dios un poco de lo que dios le había dado. Desde entonces, los voluntarios recogen en la calle moribundos y los traen a los catres celestes, los limpian y los disponen para una muerte arregladita.

—Los de las tarimas están un poco mejor y puede que alguno se salve.

Me dice Mike, un inglés de 30 con colita, tipo bastante freakie, que se empeña en hablarme en mal francés.

—Los de abajo son los que no van a durar; cuanto más cerca de la puerta, peor están.

En la sala se oyen lamentos pero tampoco tantos. Un chico —quizás sea un chico, quizás tenga 13 ó 35— casi sin carne sobre los huesos y una bruta herida en la cabeza grita Babu, Babu. Richard, grande como dos roperos, rubio, media americana, maneras de cura párroco en Milwaukee, comprensivo pero severo, le da unos golpecitos en la espalda. Después le lleva un vaso de lata con agua a un viejo que está al lado de la puerta. El viejo está inmóvil y la cabeza le cuelga por detrás del catre. Richard se la acomoda y el viejo repta con esfuerzo para que le cuelgue otra vez.

—Este está muy mal. Entró ayer y lo llevamos al hospital pero no lo aceptaron.

—¿Por qué?

—Por dinero.

—¿Los hospitales no son públicos?

—En los hospitales públicos te dan cama para dentro de cuatro meses. No sirve para nada. Nosotros tenemos una cuota de camas en un hospital privado cristiano, pero ahora las tenemos todas ocupadas, así que cuando fuimos nos dijeron que no. Acá no estamos en América; acá hay gente que se muere porque no hay cómo atenderla.

Richard me cuenta sobre uno que entró hace un mes con una fractura en la pierna: no lo pudieron atender y se murió de la infección. Y está dispuesto a seguir con más casos. Parece que acá no es tan raro que alguien se muera antes de los últimos esfuerzos.

—No podemos curarlos. No somos médicos. Tenemos un médico que viene dos veces por semana, pero tampoco tenemos equipos ni ciertos remedios. Lo que hacemos es confortarlos, cuidarlos, darles afecto, ofrecerles que se mueran dignamente.

Hay algo que me suena raro en todo esto. Richard le acaricia la cabeza al que insiste en colgarla; más allá, Mike le sostiene la mano a uno con un vendaje que le atraviesa el pecho. Los acompañan: no tienen un idioma común así que no pueden hablarse, o quizás no ganarían nada con hablarse. Richard va a buscar una sábana para tapar al viejo de cabeza colgante. Hace solo 35 grados y el viejo tiene frío. En Chicago, Richard estudia Medicina, pero ahora dice que no sabe si va a poder volver a soportar aquello. Y dice que tampoco podría soportar esto todo el tiempo, pero que no soportaría ser doctor y no atender a estos tipos. A veces llega un punto en que soportar es muy difícil. Richard es un Clark Kent buenazo con mentón imponente y es muy católico, familia de irlandeses, y dice que dios le va a decir qué hacer.

—O sea que no hay ninguna posibilidad de que lo atienda un médico.

—No.

-¿Y entonces?

—Y entonces se va a morir hoy o mañana.

Richard lo dice como quien dice: llueve. O incluso: quizás llueva. Debe ser difícil pronunciarlo así.

La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, nunca se privó de dar sus opiniones. En Irlanda, por ejemplo, en 1995, un referéndum sobre el divorcio encendía pasiones. Irlanda era el último país de Europa sin divorcio, y los márgenes se anunciaban estrechos. Entonces la religiosa —que no tenía nada que ver con Irlanda— participó de la campaña pidiendo el voto en contra. Los divorcistas ganaron con el 50,3 por ciento. Pocos meses después, su nueva amiga, lady Diana Spencer, se divorció, y una periodista le preguntó qué opinaba. La señorita no tenía problemas: "Está bien que ese matrimonio se haya terminado, porque nadie era realmente feliz", dijo.

La señorita sabía aprovechar el halo de santidad que la rodeaba: los santos pueden decir lo que quieran, donde y cuando quieran. Todo está justificado por el halo. Y ella usaba esa bula para llevar adelante su campaña mayor: la lucha contra el aborto y la contracepción. Lo dijo muy claro en Estocolmo, 1979, mientras recibía el Premio Nobel de la Paz: "El aborto es la principal amenaza para la paz mundial". Y, para no dejar dudas: "La contracepción y el aborto son moralmente equivalentes".

En septiembre de 1996, el Congreso norteamericano le dio el título de ciudadana honoraria. Era la quinta persona en la historia que la conseguía. Dos años antes había organizado, en ese mismo recinto, una "plegaria nacional" ante Clinton, Gore y compañía. Ese día, su discurso fue belicoso: "Los pobres pueden no tener nada para comer, pueden no tener una casa donde vivir, pero igual pueden ser grandes personas cuando son espiritualmente ricos. Y el aborto, que sigue muchas veces a la contracepción, lleva a la gente a ser espiritualmente pobre, y esa es la peor pobreza, la más difícil de vencer", decía la religiosa, y cientos de congresistas, muchos de los cuales no estaban en contra de la contracepción y el aborto, la aplaudían embelesados. En su Calcuta, en la India, en muchos otros países, la superpoblación es causa principal del hambre y la miseria, y sus autoridades toman todo tipo de medidas para limitarla.

"Yo creo que el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra contra el niño, un asesinato del niño inocente. Y si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podemos decirles a otras gentes que no se maten entre ellos? Nosotros no podemos resolver todos los problemas del mundo, pero no le traigamos el peor problema de todos, que es destruir el amor. Y eso es lo que pasa cuando le decimos a la gente que practique la contracepción y el aborto".

Las jerarquías católicas lo dicen siempre, pero dicho por ella es mucho más eficaz. Aquella tarde, el cardenal James Hickley, arzobispo de Washington, lo explicó clarito: "Su grito de amor y su defensa de la vida nonata no son frases vacías, porque ella sirve a los que sufren, a los hambrientos y los sedientos...". Para eso, entre otras cosas, servía la religiosa. Por eso, entre otras cosas, su proceso de beatificación vaticana fue el más rápido de la historia de una institución que no suele apresurarse —que puede tardar, por ejemplo, cuatro siglos en pedir perdón por apretar a Galileo Galilei o asesinar a Giordano Bruno y tantos otros.

Así que ahora la señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu —lo que quede de ella— debe estar en el paraíso de los beatos, un poquito más abajo del paraíso de los santos, con apenas menos felicidad eterna y menos olor a incienso y mirra y menos intimidad con su Señor pero bastante, pese a todo. La señorita fue una militante muy eficaz de una causa muy antigua: la del conservadurismo católico. Y fue, en el mejor de los casos, una versión mediática y actual del viejo modelo de la dama de caridad: aquella que se dedica a moderar los males causados por un orden que nunca cuestiona o que, en realidad, refuerza. Gracias a esos medios, al aparato de difusión de Roma, la señorita quedó instituida como gran encarnación actual del viejo mito de la bondad absoluta.

Todos —los países, los grupos de amigos, los equipos de voleibol, los grupos de tareas— necesitan tener un Bueno: un modelo, un ser impoluto, alguien que les muestre que no todo está perdido todavía. Hay Buenos de muchas clases: puede ser un cura compasivo, un salvador de ballenas, un anciano ex cualquier cosa, un perro, un médico abnegado, un pederasta con buena verba en púlpito: en algo hay que creer. El Bueno es indispensable, una condición de la existencia. Y el mundo se las arregla para ir buscando Buenos, entronizarlos, exprimirlos todo lo posible. Así que, pese a que algunos intentamos contar un poco de su historia, nadie lo escucha: es mejor y más cómodo seguir pensando que la señorita era más buena que Lassie. La señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Teresa de Calcuta, consiguió ser la Buena Universal. Y consiguió, incluso, lo más difícil que puede conseguir una persona, un personaje: entrar en el lenguaje como síntesis o símbolo de algo. Decimos un Quijote cuando queremos hablar de un héroe destartaladamente franco; decimos un Craso cuando tratamos de definir a alguien riquísimo; decimos —desde hace unos años empezamos a decir— una madre Teresa cuando queremos significar que alguien es realmente bueno. Y así ha quedado registrada en nuestra cultura la señorita también llamada madre, amiga de tiranos y estafadores, militante de lo más reaccionario, facilitadora de la muerte.

Hombres que cocinan tienen mayor posibilidad de enamorar o conseguir pareja

El 78% de los encuestados considera la cocina como una afición realmente sexy, frente al 57% que ve en las visitas al teatro o la ópera un pasatiempo sensual o el 52% que apuesta por el yoga.


El sondeo, llevado a cabo y publicado por el portal alemán de Internet de búsqueda de parejas ElitePartner.de., señala que en la mitad de la tabla se sitúan cantar y hacer música (48 por ciento), y la afición a la literatura o a escribir (45 por ciento).

En la lista de las diez aficiones mas sexy figuran a la cola los deportes como el surf (21 por ciento), el paracaidismo y bungee jumping (14 por ciento) y el fútbol (14 por ciento), mientras solo 7 por ciento considera que los juegos de computador tienen algo de erotismo.

Calidad de vida

"En los tiempos de la comida rápida un auténtico talento de la cocina se ha convertido en una rareza. Quien cocina bien y por placer demuestra tener calidad de vida, sentido de la salud y amor por el hogar", explica la psicóloga Lisa Fischbach, quien asegura que las mujeres encuentran estupendo que los hombres cocinen.

Fuente : Aquí

¿Por qué somos racistas? (1)

El racismo genera injusticia, y la injusticia genera violencia. Es, por tanto, una amenaza en toda regla para la estabilidad social. No basta con estar en contra. Conocer cómo funciona y de qué forma se transmite es el primer paso para poder combatirlo.

Hassan trabajó como maître y sumiller durante diez años en restaurantes de lujo y hoteles de cinco estrellas en París. Casado con una española, habla un perfecto español en el que con cierta dificultad se puede detectar un deje afrancesado. Al nacer su primer hijo, decidieron trasladar su residencia a España. Respondió a varias ofertas de empleo en establecimientos de categoría, pero la respuesta fue siempre negativa. “Tenía el perfil adecuado, pero no el físico. A los españoles les gusta pensar que no son racistas, pero no tienen ni idea de lo difícil que es para una persona inmigrada buscar trabajo o alquilar un piso.”

Junto a la discriminación abierta, la creciente diversidad de la población española está descubriéndonos también otras formas de racismo más sutiles, pero igualmente perniciosas. En apenas un par de generaciones, hemos pasado de ser un país casi exclusivamente monocolor a vivir en una sociedad en la que conviven personas con distintos rasgos y culturas. Para quienes son blancos, es fácil minusvalorar la vigencia y el impacto del racismo en la vida de quienes lo padecen. Después de todo, hemos crecido sin referentes –ni profesores, ni amigos, ni cuñados– sobre lo que significa ser africano o asiático en un país predominantemente caucásico.

En Estados Unidos se utiliza la expresión white privilege para englobar los múltiples privilegios cotidianos de los que los caucásicos gozan de forma automática por el color de su piel. Si se comportan de forma apropiada, nadie asumirá antes de conocerles que son un peligro en potencia. Pueden entablar relaciones con cualquier persona sin tener antes que explicar por enésima vez su historia personal. Pueden criticar las leyes, las decisiones del gobierno o el funcionamiento de la Administración en un lugar público –por ejemplo, en un bar– sin temor a que nadie les interrumpa diciendo algo como “si no te gusta, vete a tu país”. Son pequeños detalles cotidianos que asumimos como naturales, pero que están vetados a un número cada vez más alto de conciudadanos.

Una única raza: la humana

Los ciencia ha reventado el falso discurso en función del cual se justificaron la esclavitud o el nazismo. Para rabia y vergüenza de los racistas, ha demostrado que presuponer distintos caracteres o aptitudes en función de pertenecer a una u otra raza carece de fundamento. Más aún, los avances en el campo de la genética nos han hecho comprender que no existe siquiera base científica para hablar de diferentes razas en la especie humana. La diversidad de la especie humana se basa en la combinación azarosa de más de veinte mil genes. El color de la piel o la forma de los ojos nada nos dicen de las capacidades ni las actitudes de un individuo.

Sin embargo, el racismo sigue vigente. A veces, se manifiesta de forma cruel y violenta, como en la agresión en un tren en Barcelona a una joven ecuatoriana; otras, de un modo sutil y sibilino, pero igualmen te injusto y reprobable porque supone una falta de respeto a la dignidad humana. La ciencia desmontó el discurso de las diferencias raciales, pero no los prejuicios y las actitudes xenófobas. “Los gitanos son unos vagos que se dedican a robar. Es que son así, es parte de su cultura”, oímos decir. Y este estereotipo pesa como una losa para la inmensa mayoría de los gitanos que viven honradamente.

Nos rebelamos indignados contra el estereotipo de español ligado a la fiesta continua, la siesta y la pandereta, pero hemos asumido sin cuestionarlas determinadas ideas sobre cómo son los magrebíes, los chinos o los gitanos. Por cada terrorista islamista, hay miles de musulmanes pacifistas que detestan la violencia. Y, sin embargo, muchos españoles que no se consideran racistas no pueden evitar dar un respingo ante el marroquí que se sube al tren con una mochila al hombro. No es algo racional. Si nos parásemos a pensarlo, hay muchas más posibilidades de que el vagón sufra un accidente que de que esa persona pertenezca a una célula violenta. ¿Por qué entonces nuestra sociedad sigue transmitiéndonos ese tipo de prejuicios? ¿Qué sentido tiene perpetuar ideas preconcebidas que nos llevan a equivocarnos una y otra vez y que atentan contra los derechos más elementales del ser humano?

¿Por qué somos racistas?

Margarita del Olmo, doctora en Antropología e investigadora del CSIC, lo tiene claro: “El racismo es útil. Si el racismo fuera inútil, dejaríamos de ser racistas”. La primera utilidad es de índole práctica. Todos tenemos tendencia a simplificar y esquematizar la información para poder manejarnos con soltura en nuestra vida cotidiana. Las ideas esquemáticas del tipo “todas las mujeres son así” o “los magrebíes son de tal manera” nos sirven porque nos permiten tomar decisiones sin tener que dedicar tiempo a averiguar cómo es realmente cada persona. Los estereotipos nos llevan a cometer muchos errores, pero nos resultan útiles en la medida en que nos simplifican la vida.

Por otro lado, el racismo sirve para legitimar desigualdades entre las personas. Justifica privilegios e injusticias que suceden a pocos kilómetros o pocos metros de nuestros hogares. Sabemos que hay inmigrantes que trabajan diez horas al día, siete días a la semana, por 500 euros al mes sin contrato ni seguridad social. ¿Permitiríamos este tipo de explotación en nuestro territorio si sus víctimas fueran andaluces o gallegos?

Pensar que el racismo desaparecerá a medida que nos acostumbremos a la diversidad de nuestra sociedad es una ingenuidad. El racismo, como el machismo, no se sostienen de forma racional, pero están profundamente arraigados en nuestra cultura. Hombres y mujeres llevan conviviendo desde el principio de los tiempos y, aún hoy, tenemos a diario pruebas de la vigencia de los prejuicios sexistas. Tanto el racismo como el machismo son difíciles de combatir, precisamente porque se transmiten de una forma sibilina y porque permiten una coartada mental para justificar las desigualdades entre personas.

--------------------------------------------------------------

ESPERE LA SEGUNDA PARTE

_____________________________________________________________





Síndrome de abstinencia

José Camilo Daccach T.

Sin conexión no podemos usar Google, leer el correo electrónico, leer el periódico, ver la programación de televisión, sintonizar nuestra propia emisora de radio, consultar el calendario compartido, conectarnos con los socios por el sistema de mensajería, y hasta compartir el chiste de la mañana.

Lo que se siente cuando no hay conexión se ha llegado a comparar con el síndrome de abstinencia, que sienten los viciosos (tabaquismo, drogas, alcohol, y hasta trabajo) cuando no pueden atender el vicio. ¿Será que nos hemos convertido en unos viciosos de Internet? ¡Entró por el patio de atrás, a regañadientes, y ahora está sentada en la mitad de la sala, para quedarse! Hoy podemos aguantar un poco sin conexión, pero en unos años (o meses) será como el servicio de agua o energía, se nos complica la vida cuando no lo tenemos.

El acceso a la Internet se ha vuelto tan importante en nuestras vidas, tanto laboral como personal, que cuando no nos podemos conectar se genera el síndrome de abstinencia.

Las cifras no mienten, ni sus tendencias tampoco. En los países desarrollados más del 50% de las personas de conectan a la Internet, y en los menos desarrollados ya se logran cifras del 15%. La conexión a la Internet ha sido la tecnología que más rápido ha obtenido adeptos, inclusive comparada con el televisor y la radio entre otras. No se prevé que esta tendencia tenga un viraje hacia el negativo, sino más bien se proyecta que todo le mundo (y todas las cosas!) estarán conectadas a la Internet de una manera u otra.

Hoy ya se hace indispensable, para muchos de nosotros, tener la conexión a la Internet activada. Aquella época de encender el computador, y solo conectarnos unos minutos marcando por un módem, para muchas personas ya es historia. También hay que tener en cuenta que en aquella época, era poco lo que había para hacer con Internet. Si acaso revisar el correo electrónico y visitar un par de sitios de interés.

Hoy Internet es prácticamente todo. Tal vez para los que pasamos de 35 años, todavía recordamos que se hacían muchas cosas, tan solo hace 10 años, sin tener que pasar por la Internet. Sin embargo para los menores de 25, que llevan toda su vida laboral pegados de la red, y peor aún, para los menores de 20, que llevan toda su vida útil pegados de Internet, es imposible concebir la vida sin acceso.

Las bondades de la Web y sus tecnologías hacen que le menos interesado termine "enviciado" por la red. La posibilidad de hablar gratuitamente por teléfono con los amigos lejanos, el uso y el abuso del correo electrónico para mantenernos en contacto con todos los amigos (sin importar que esté en la habitación del lado!), el uso del Messenger para organizar la próxima reunión, o para desarrollar actividades laborales que con otros medios tomaría muchas horas y hasta días.

Ahora estamos pasando de lo trivial a lo importante en la Web. La tendencia indica que el cómputo está pasando de estar en el PC a estar en la Web. Ya existen, para citar solo un par de ejemplos, sistemas de manejo de "favoritos" en sitios en Internet, de tal manera que tengamos acceso a ellos y hasta los podamos compartir, desde cualquier parte donde nos encontremos. También surgen servicios de manejo de información de contactos centralizados en la Web para incorporar los de su agenda digital, su celular, y los del sistema de correo electrónico.

En últimas, lo primero que hacen los computadores de hoy es buscar una conexión a Internet, y el primer mensaje funesto que podría recibir uno al encender el computador, es que no se ha podido obtener una conexión a Internet (o la mas moderna, que hay conexión pero se tiene "acceso limitado a Internet", lo que en últimas significa que no hay Internet!).

La vida social de un blogger

Solamente para el club de romáticos y "cursis"

Teléfono pulsera a lo Dick Tracy

El detective de cómic Dick Tracy y su famoso reloj comunicador todavía sirve de inspiración en este teléfono móvil de pulsera, el U200i. Un teléfono-reloj de pulsera “Made in China”, pero sin marca conocida que está disponible a través de la tienda de Internet ChinaGrabber. El diseño del invento tiene cierto encanto. Por ejemplo, tiene las teclas en círculo, como si fuera un teléfono de los antiguos. Las teclas del menú y de desplazamiento estñan en el centro y se iluminan con una luz al pulsarla.

¿Qué sería de un gadget de espionaje súper avanzado si no tuviese lucecitas para que mole más? Encima puede reproducir vídeos en su micro-pantalla de 1,5 pulgadas, e incorpora cámara y bluetooth.

Aparte de la pantalla diminuta, el reloj tiene unos cuantos inconvenientes. Por su tamaño las teclas también han quedado pequeñas, tanto que debe ser muy incómodo marcar o escribir un mensaje de texto. Pero, al mismo tiempo, es lo suficientemente grande para que resulte poco discreto para llevarlo a modo de pulsera. Sin llegar a los extremos absurdos de otros modelos como el de reloj con pantalla de Chinavasion, pero demasiado aparatoso de todos modos.

Nos queda el consuelo de que para comprarnos un reloj-teléfono así no nos hace falta tener el sueldo de James Bond. Lo que no implica que sea muy barato, el precio del U200i es de 235 dólares (más o menos 150 euros) en la tienda ChinaGrabber.

Otro punto a tener en cuenta es que los tiempos están cambiando deprisa. Lo que en tiempos de Dick Tracy era algo futurista e imposible, ahora no nos impresiona tanto (por no decir que puede resultar un poco ridículo). Y es que, ahora lo que se lleva, son teléfonos con pantalla táctil y los pinganillos “manos libres”.

Fuente: aquí

SOLO PARA MUJERES Y HOMBRES CURIOSOS

¿Sabías que....?

  • Si los maniquíes de las tiendas fueran mujeres reales, serían demasiado delgadas para menstruar.

  • Hay 3 mil millones de mujeres que NO tienen cuerpo de supermodelos, y solamente 10.000 que sí lo tienen.

  • Marilyn Monroe usaba talla 44 español (algo así como 11 Mex), y los traía ¡locos a todos! ¿Quién se fijo en la talla?. Es la mujer más sensual de todos los tiempos.

  • Si Barbie fuera una mujer real, sus proporciones la obligarían a caminar a gatas, ya que sus piernecitas no podrían sujetarla de pie.

  • La mujer promedio pesa unos 65 kg. y usa tallas entre un 42(9) y un 44(11).

  • Una de cada cuatro mujeres en edad universitaria sufre desórdenes de alimentación.

  • Las modelos de las revistas están retocadas. NO son perfectas

  • Un estudio psicológico mostró, en 1995, que el contemplar una revista de modas durante tres minutos causaba depresión, vergüenza y culpa al 70% de las mujeres.

  • Las modelos de hace 20 años pesaban 8% menos que la mujer común. Las de hoy en día pesan 23% menos.

  • La belleza de una mujer no está en su ropa, su figura, ni en su peinado. La belleza de una mujer debe brotar de sus ojos, porque ellos son las ventanas hacia su alma, el lugar donde reside el amor.

  • La belleza de una mujer no está en sus facciones, sino que es el reflejo de la belleza verdadera de su alma. Es el cuidado amoroso que da, la pasión que ella muestra.

  • La belleza de una mujer solamente se desarrolla con el paso de los años.

SONREID Y SED FELICES. UNA MUJER PUEDE SER MUY SENSUAL Y BELLA SI SE LO PROPONE, SI LO VIVE, SI LO SIENTE... NO IMPORTA SI SEA FLACA O GORDA O MORENA O RUBIA... ES CUESTION DE VIVIRLO... DE DISFRUTARSE A SI MISMA.

ACEPTATE COMO ERES

Fuente: Texto recibido por correo