LOS HOMBRES LAS PREFIEREN BRUTAS (2)
¿Qué es lo que está pasando allá afuera para que se haya vuelto tan difícil aceptar la sola idea del compromiso? El problema tal vez no son ellos sino que lo somos nosotras y en lo que nos hemos convertido. El problema radica en que el prototipo de hombre contra el que luchamos, por defender nuestros derechos, es el mismo que le pidió a Dios que sacara a Eva de una de sus costillas, el que descubrió América, el que peleó batallas en continentes lejanos, el que le pone los cachos a su mujer en la película que vimos en el fin de semana. El hombre no ha cambiado. Nosotras sí. ¿Será entonces que nos conviene más bien crear un nuevo movimiento, algo así como Machismo por Conveniencia? ¿Un movimiento en el que uno finge que no es tan inteligente ni tan capaz ni tan útil a la sociedad, y en contraprestación ellos nos mantienen?
No nos digamos mentiras, hay dos formas básicas de vivir la vida: cómoda o incómodamente. Es decir, mantenidas o asalariadas. Lo fundamental es definir a tiempo qué es lo que se quiere. La liberación femenina, basada como lo está en la libertad económica, no es otra cosa que una especie de esclavitud mejor disfrazada. ¿En qué nos metimos? En que nos embarcamos? Que fue lo que no entendimos bien? ¿Para qué quitarles a ellos la mitad de las responsabilidades que históricamente han tenido con nosotras desde que Dios creó al hombre y nos sacó de una costilla? Si recostarse viene de costilla, y recostarse sigue siendo lo mismo que lo mantengan a uno, ¿por qué entonces asumir obligaciones ajenas y cambiar nuestros beneficios por sobregiros, deudas y préstamos hasta para hacernos un triste manicure?
¿Para qué embarcarnos en la tarea de suplantarlos en sus obligaciones hacia nosotras para demostrarles que somos igual de capaces a ellos? ¿Capaces de qué? ¿De pagar las cuentas? ¿De no disfrutar a nuestros hijos por estar siempre ocupadas en el trabajo? ¿De vivir frustradas y solas, sin una pareja estable y capaces de enfrentarnos a ellos en una batalla territorial sin cuartel, una guerra, la única en el planeta en la que, aunque sangrienta, de igual manera terminamos durmiendo con el enemigo? ¿De qué es de lo que somos capaces que nos ha salpicado la vida con tanta soledad? ¿Qué fue lo que hicimos? ¿Darles más espacio, tiempo y parte de nuestro dinero para que a ellos les sobrara todo lo anterior, y más, para que pudieran tener hasta moza? Parte del problema es que nos hemos acostumbrado tanto a competirle a la pareja y a tratar de ganarle, que a la vez hemos aprendido a mirarla por encima del hombro.
El hombre que aspire al amor de una mujer independiente debe superarla en todo el sentido de la palabra, y más que nada en el económico, como condición para poder admirarlo. ¿Luchar por conseguir las mismas metas que nosotras, y encima de todo tratarnos como doncellas desvalidas? O se es la doncella o jugamos el papel del dragón secuestrador de princesas, pero ambas cosas no se puede.
Por eso se han popularizado tanto las mozas en estos tiempos. Porque ellas, tal vez las más inteligentes de todas las mujeres, juegan a la perfección su papel de mujeres desvalidas y vulnerables, y no nos digamos mentiras, a los hombres les encanta que los necesiten. Es que no hay mujeres realmente brutas. Las más inteligentes de todas son las que fingen que no tienen sesos ni para llegar a un orgasmo.
A ellas no las dejan, con ellas se casan. En cambio, las que con orgullo despliegan toda su modernización, las que dictan cátedra hasta para hacer el amor, las que compran el kit completo de Kama Sutra y se muestran muy exigentes, a esas les huyen. Y es que ningún hombre quiere que cualquier tipo de experiencia sexual se convierta en todo un ritual de iniciación. Tampoco les gusta enredarse con la que bien puede acabar con su reputación sexual al sentirse intimidado por ella. Prefieren, eso sí, quedarse con la que creen que puede, más bien, dar testimonio, juramentado si es preciso, de sus habilidades y destrezas sexuales, así sean nulas. Los caballeros las prefieren brutas no es más que una propuesta de negociación.
La humanidad está en un interesante momento histórico en el que los hombres, gracias a nuestra rebeldía, ya probaron lo que era calentarse ellos mismos la comida en un microondas, y no les gustó; en el que las mujeres ya probamos lo que era trabajar, ganar nuestro propio dinero y pagar nuestras propias cuentas, y tampoco nos gustó. Entonces mi propuesta es: negociemos. Sí, queremos que nos mantengan. Inconformes como hemos sido las mujeres a lo largo y ancho de la historia, pues es casi una condición genética, siempre queremos lo que no tenemos. Si somos flacas, queremos ser más voluptuosas. Si somos solteras, queremos casarnos.
Si estamos casadas, queremos divorciarnos. Y eso sí, siempre nos gusta más la muñeca de nuestra amiga, y cuando crecemos nos gusta más el novio de la otra, así después comprobemos que el nuestro era tal vez mucho mejor. Nos acostumbramos a desear lo ajeno y a quedarnos al final con las manos vacías, y a frustrarnos en el intento. Hoy, como conclusión, admito que a lo mejor no soy tan inteligente como alguna vez creí serlo. Si fuera al contrario, la frecuencia en la que sintonizaría mi vida no sería AM (Asalariada de Mierda), sino más bien FM (Felizmente Mantenida). ¿¿¿Usted en cuál frecuencia está?












abril-ale dijo
Yon, paso a dejarte un abrazo con mucho cariño. No estoy muy bien, ya te contaré.
Un beso desde mi cielo.
3 Septiembre 2008 | 11:54 PM